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M, el vampiro negro

Fritz Lang

Entre el neorrealismo alemán y el nuevo realismo, esta precuela o abuela del policial psicológico y el film noir trae imágenes novedosas y elocuentes, como una huella digital a toda pantalla, o un uso preciso del novedoso recurso sonoro -como presagio y postfacio de los asesinatos de niños y niñas que el protagonista comete- desflorado en unas pocas notas silbadas por el gran Peter Lorre (aunque dicen que la silbadora fue Thea von Harbou, coguionista y esposa de Lang). Esa imagen de huella digital es la vanguardia de todo lo que luego se escribiría sobre la identidad como derecho humano, pero también es pionera en la alienante búsqueda de seguridad en la que deriva la localidad donde se ubica la trama. Lang pinta ahí una aldea para mostrar una sociedad tan corrompida en su imaginario que está dispuesta a linchar al monstruo, a quedarse ciega poniendo en riesgo el estado de derecho de un sujeto. Lo monstruoso, entonces, es aquello a lo que se le teme: perder la identidad, dejar de ser un sujeto de derecho viviendo entre verdaderos monstruos ordenados. Lo curioso, al día de hoy, es su actualidad.

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